Fue cuando estuvimos en aquel invernadero, allí en las afueras de la ciudad platense. Era un campo bastante extenso, donde habíamos decidido ir con mi hermano Esteban. A él el campo mucho no le agradaba. Solo que debíamos visitar a nuestra querida abuela y siempre rezongaba por ello.
— Necesita ayuda a veces… — le dije para compensar su aburrimiento. — ¿Tareas de campo? Siempre las odié. — Se quejó Esteban en su afán de volverse a casa. — Dijo que nos esperaba en el invernadero, pero lo que me parece un poco extraño… es que el abuelo no salió a recibirnos. — Dije extrañado.
Mucho no le interesó a mi hermano; quizás no estaba en la casona, o fue de compras al pueblo. — Me da lo mismo. — Se volvió a quejar, — la abuela espera… — lo miré como desentendido. Esa mañana no sería como todas; algo presentía en Esteban. Por lo menos, a mí me parecía un poco extraño.
El invernadero se veía enorme; parecía bastante abandonado ya que la abuela, no había trabajado dentro de el por culpa de su vejez. Las hierbas sobresalían por la entrada, los pájaros entraban y salían como querían. Muy lindo no estaba, precisaba mucho trabajo duro. — ¿Te parece que tengo ganas de entrar? — Preguntó Esteban con las manos en los bolsillos.
— No sé, todo depende de cómo quieras a la abuela. — Dije mirándolo fijo, — yo la quiero… — Aclaré, — no sé vos que opinás. — él quedó pensativo, miró la entrada y se dirigió sin palabras. Allí dentro, estaba ella. Tenía una herramienta en su mano y la mirada casi perdida.
— Probé de todo… — murmuró entre dientes, — pero nada parece funcionar. El viejo también trató un tiempo, pero se hartó. Nada sale bien en este invernadero maldito. — Terminó por decir. Noté que la abuela no se sentía bien. — Dediqué tanto tiempo en este lugar, que olvidaba las demás cosas de la casa. No sé porqué este lugar ya no es como antes. Tenía tantas flores, tanta vida… y ahora está tan, pero tan muerto, — dijo la vieja tratando de arrodillarse y comenzó a remover la tierra con su herramienta.
Tratamos de acercarnos a ella pero sin previo aviso, notamos una lágrima que recorría lentamente su blanca mejilla derecha. — Hasta llegó a gritarme… — dijo con la voz gastada y nerviosa, — llegó a gritarme… gritó tanto que…
— Abuela. — Dije con dudas, — ¿estás bien? El abuelo no salió a recibirnos.
— Me gritó mucho. — Contestó sin escuchar y mientras seguía removiendo la tierra floja, una mano avejentada sobresalía de allí. Nunca dijimos nada de lo sucedido esa mañana. Jamás lo haríamos.
Amamos a nuestra abuela.
Fin
17/12/07
— Necesita ayuda a veces… — le dije para compensar su aburrimiento. — ¿Tareas de campo? Siempre las odié. — Se quejó Esteban en su afán de volverse a casa. — Dijo que nos esperaba en el invernadero, pero lo que me parece un poco extraño… es que el abuelo no salió a recibirnos. — Dije extrañado.
Mucho no le interesó a mi hermano; quizás no estaba en la casona, o fue de compras al pueblo. — Me da lo mismo. — Se volvió a quejar, — la abuela espera… — lo miré como desentendido. Esa mañana no sería como todas; algo presentía en Esteban. Por lo menos, a mí me parecía un poco extraño.
El invernadero se veía enorme; parecía bastante abandonado ya que la abuela, no había trabajado dentro de el por culpa de su vejez. Las hierbas sobresalían por la entrada, los pájaros entraban y salían como querían. Muy lindo no estaba, precisaba mucho trabajo duro. — ¿Te parece que tengo ganas de entrar? — Preguntó Esteban con las manos en los bolsillos.
— No sé, todo depende de cómo quieras a la abuela. — Dije mirándolo fijo, — yo la quiero… — Aclaré, — no sé vos que opinás. — él quedó pensativo, miró la entrada y se dirigió sin palabras. Allí dentro, estaba ella. Tenía una herramienta en su mano y la mirada casi perdida.
— Probé de todo… — murmuró entre dientes, — pero nada parece funcionar. El viejo también trató un tiempo, pero se hartó. Nada sale bien en este invernadero maldito. — Terminó por decir. Noté que la abuela no se sentía bien. — Dediqué tanto tiempo en este lugar, que olvidaba las demás cosas de la casa. No sé porqué este lugar ya no es como antes. Tenía tantas flores, tanta vida… y ahora está tan, pero tan muerto, — dijo la vieja tratando de arrodillarse y comenzó a remover la tierra con su herramienta.
Tratamos de acercarnos a ella pero sin previo aviso, notamos una lágrima que recorría lentamente su blanca mejilla derecha. — Hasta llegó a gritarme… — dijo con la voz gastada y nerviosa, — llegó a gritarme… gritó tanto que…
— Abuela. — Dije con dudas, — ¿estás bien? El abuelo no salió a recibirnos.
— Me gritó mucho. — Contestó sin escuchar y mientras seguía removiendo la tierra floja, una mano avejentada sobresalía de allí. Nunca dijimos nada de lo sucedido esa mañana. Jamás lo haríamos.
Amamos a nuestra abuela.
Fin
17/12/07

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